Recuerdos de un compañerazo

Recuerdos de un compañerazo

Por Néstor Restivo

Juan Gelman no pudo regresar a la Argentina cuando se recuperó la democracia en 1983. Debió esperar cinco años más porque una causa penal vinculada a su pasado montonero se lo impedía. Cuando logró superar esa traba, lo fuimos a esperar en Ezeiza un grupo de amigos, compañeros y periodistas. Por el gremio de prensa fuimos Néstor Piccone, María Rosa Gómez y yo, como secretario de Derechos Humanos, entre otros. Creo que también estaba Rubén Calmels, delegado de La Nación. Hoy ninguno de nosotros está más en la Utpba, aunque sigamos luchando para recuperar viejos ideales y volver a tener un gremio. También estaban Horacio Verbitsky, Eduardo Jozami, Oscar González, Lilia Ferreira y Alicia Oliveira, entre varios más. De allí, a Tribunales para que los abogados Oliveira, Jozami y Eduardo Luis Duhalde hicieran el descargo correspondiente.

A Juan lo reafiliamos inmediatamente a la Utpba como se hizo luego con otros regresados del exilio, como Miguel Bonasso. Juan recuperó también su obra social y fue en la sede de la calle Perón del gremio donde, en 1989, velamos los restos de su hijo Marcelo cuando aparecieron sus restos. Una lluvia de flores lo despidió de allí al marcharse un cortejo hacia el cementerio de la Tablada. Marcelo había sido secuestrado por la dictadura junto con su esposa María Claudia, cuya búsqueda continúa. Años después, Juan pudo reencontrarse con su nieta, hija de Marcelo y María Claudia, Macarena, a quien había buscado incansablemente.

Un día me llamó y nos encontramos en el bar La Ópera. Yo pensaba que necesitaría algo del gremio, pero lo que quería era que le diera mi visión sobre lo que estaba pasando en Argentina y sobre todo, en su juventud. No lo podía creer. Un poeta consagrado, una personalidad tan descollante, quería preguntarle a un simple trabajador de prensa su opinión sobre la difícil realidad argentina de esos años. Juan era así, pura ternura, receptivo, curioso, indagador sutil, en especial con los jóvenes.

A mediados del ’90 viajé a México junto con mi esposa y una noche nos invitó a cenar en su casa con él y su mujer Mara Lamadrid. Fue otra ocasión para “revisar”  las cosas por las que Juan peleaba: la justicia, la poesía, la revolución en América Latina. Le comenté mi gusto por las novelas de Héctor Aguilar Camín pero Juan no le perdonaba su apoyo al gobierno priista. Y me recomendó un libro que compré inmediatamente: “Guerra en el Paraíso”, del poeta y escritor de otros géneros Carlos Montemayor.

En abril de 2000, cuando se identificó a su nieta y pudieron reencontrarse, yo trabajaba en Clarín y escribí estas líneas: “En su casa de México D.F., Juan Gelman conversa con su nieto. Mara Lamadrid, esposa del poeta, cocina para la visita. Juan mira a Jorgito, hijo de su hija sobreviviente de la dictadura argentina, que fue a México a veranear. Juan no puede mirar ni hablar -entonces, hace cuatro años- a su otro nieto o nieta, hijo de su otro hijo, Marcelo, asesinado en 1976. Pero como poeta y de tal suerte visionario, militante incansable por lo justo y bello, sabe que podrá. El cadáver de Marcelo, secuestrado con su mujer embarazada María Claudia, apareció en 1989. Fue velado en el gremio de prensa y despedido por una lluvia de pétalos de rosas rojas. Había mucha gente, como su madre Berta Schubaroff, Abuela de Plaza de Mayo, también recuperando el cuerpo de su hijo y esperando por su nieta o nieto. El dolor era incalificable. Pero Juan sentía que un día vería a la hija o hijo de Marcelo. Al volver del exilio en 1988, Juan le había dicho a este cronista que tenía pistas para encontrarlo y lo logró. Ambos huérfanos de Marcelo, padre e hija, podrán reconocerse en una misma esencia, en una continuidad. Es una de las noticias más hermosas en mucho tiempo”.

La de ayer fue, en cambio, una mala noticia. La muerte de Juan nos deja algo más huérfanos, pero como él mismo escribió cuando muriera su amigo y otro grande, Osvaldo Soriano, “por fin tiene toda la noche para seguir escribiéndonos”.

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